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Alto de Los Moriscos

En Canarias, un punto que se acerca a los 1.800 metros ya constituye la alta montaña, y este piso bioclimático se define, como no, por sus condiciones meteorológicas extremas. El alto de Los Moriscos ronda esa cota, es la cima de Artenara.

Inviernos helados, ocasionalmente con nevadas. Veranos tórridos. En un lugar así, no son muchos los seres diseñados para sobrevivir, únicamente los que han sabido -o podido- evolucionar acoplándose a las situaciones climáticas más exageradas, lo hacen. Las plantas se vuelven rechonchas, se achaparran logrando un microclima en sus adentros, y reducen el tamaño de sus hojas para evitar la pérdida excesiva de agua a través de ellas; los animales, mayormente invertebrados, aprovechan su abrigo.

Aquí arriba todos crecen a un ritmo lento, pero seguro. Actualmente este paraje lo domina un pinar canario de repoblación que, como el paso del tiempo se ha encargado de demostrar, se encuentra fuera de lugar, al menos con tal densidad. Todo parece indicar que, al menos durante los últimos tiempos, sobre esta cocorota los árboles nunca tuvieron facilidad para reproducirse y asentarse, el viento, la nieve y la alta insolación no lo ponen fácil. Quienes sí lo logran con relativo éxito, son los arbustos, y son ellos los que caracterizan el paisaje vegetal. Magarza plateada, salvia blanca de la cumbre, alhelí y rosalito son los nombres de las especies que mejor representan la flora de esta cumbre. Todas, endémicas de las islas o la isla.

En lo que a aves se refiere, llama la atención la presencia continua del omnipresente caminero y del canario, mientras que muchas otras se ven abocadas a descender unos metros durante las semanas más frías o los días más calurosos.

Del grupo de los invertebrados apenas existe información para este punto, lo que sí resulta muy visible es la casi mágica “desaparición” de muchas especies durante el invierno. Por mencionar la presencia de algún animal singular, el mántido Pseudoyersinia canariensis.