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Andén Verde

Durante millones de años el viento Alisio y el Atlántico han esculpido los cimientos de Gran Canaria para construir uno de sus tramos costeros más salvajes. Un acantilado marino, fortaleza donde se refugia una biodiversidad admirable.

Riscos verticales,, solo interrumpidos por pequeños andenes, donde han permanecido aislados dentro de una isla algunos de los seres más raros y singulares. Varios endemismos grancanarios restringidos a este cuadrante de la isla enraízan en el lugar, como ejemplo, la magarza de Lid, la Santamaría, o el corazoncito del oeste, la sutera, muy ligada a los afloramientos de aguas mineralizadas, es otra planta representativa del sitio.

Todas ellas atraen con sus flores durante la primavera a una innumerable lista de invertebrados, de los que podemos destacar las armindas, pequeños saltamontes ápteros exclusivos del archipiélago, y el Carabus faustus un coleóptero, extremadamente escaso, que tiene aquí uno de sus pocos refugios conocidos. Ellos conviven con halcones de Berbería y cuervos, dos de las contadas aves que hacen suyas estas inhóspitas paredes.

El lagarto de Gran Canaria es frecuente en los puntos más soleados, y el perenquén también es habitual. Posiblemente el murciélago montañero usa grietas y fisuras para refugiarse.

El Andén Verde es la escalera que desde la Punta de Las Arenas nos conduce hasta la inmensa cuenca de Tirma, un mirador desde donde embelezarse con el salvaje oeste.